Una niña de 8 años, un radiocasete con boleros de Machín sonando a todas horas y sus padres bailando en el salón cualquier día de la semana es el punto de partida de La fiesta desde fuera.
Una mujer de 58 años y una playlist de su infancia repleta de boleros de Machín sonando en su salón, donde sus padres, ya muertos, sólo bailan en las fotos, es el punto de llegada de La fiesta desde fuera.
Este espectáculo de música y poesía es una búsqueda de la identidad después de la orfandad y una reflexión sobre el fenómeno de la muerte y los procesos de duelo en nuestra sociedad.
La fiesta desde fuera es el tercer proyecto musical del grupo de música Cordelia liderado por la actriz y cantante Lola Botello, así como su tercer trabajo discográfico, además de un libro de poemas.
Si en los dos proyectos anteriores, Solitude y Un paraguas japonés el grupo ha versionado temas de otros compositores, en esta ocasión el grupo interpreta temas propios compuestos por Lola Botello con arreglos de la guitarrista y compositora Juana Gaitán
Las letras de las canciones y algunos poemas que se recitan en el concierto pertenecen al poemario del mismo título publicado a finales de marzo en la editorial sevillana Ediciones en Huida.
Cordelia, con la música y los textos de La fiesta desde fuera pretende compartir con el público la mirada atónita que a través del cristal de sus gafas tiene esta niña, que ahora es mujer, sobre uno de los procesos naturales que todos tarde o temprano terminamos transitando: ver morir y morir.
DISEÑO DE ILUMINACIÓN: David Linde
SONIDO: Quique González
VESTUARIO: Gloria Trenado
FOTOGRAFÍA: Felipe Rodriguez
DISEÑO GRÁFICO: Alfonso Barragán
VÍDEO PROMOCIONAL: Emanuele Chianella
PRODUCCIÓN: La Suite
DISTRIBUCIÓN: Jorge Dubarry
"Cuando anoche comenzó el concierto de Cordelia en Assejazz, el principio no era todavía música, sino un taller que despertaba. Y en ese momento todavía no sabíamos que lo que estaba empezando no era un concierto, sino una memoria encendiéndose poco a poco. Los músicos iban entrando uno a uno al escenario con monos de trabajo —como los que se usaban en el taller del padre de Lola Botello— y el productor del espectáculo, David Linde, encendía para casa uno neones y pequeñas lámparas en los atriles; parecía que abría ventanas en una nave antigua y que el escenario necesitaba electricidad para ponerse en marcha. Fue una ceremonia lenta, el lugar se construía delante de nosotros.
Primero entró Juan Luis Matilla. Traía efectos electrónicos y samples de sonidos diversos y pequeñas apariciones sonoras en forma de voces que atravesaban el tiempo —Lola Flores, Lopera, Félix Rodríguez de la Fuente, Pepe Isbert llamando a Chencho— ¿recordáis lo que se escuchaba cuando estábamos sintonizando una radio vieja…? Aquí se te venía a la memoria. Luego entró Juana Gaitán, guitarra y bajo, a veces segunda voz, moviéndose entre instrumentos con la naturalidad de quien conoce bien esta casa a la que hoy volvía y sabe dónde está guardado cada acorde. Después Lucia Martinez, batería y percusión, que empezó a medir el pulso de la noche con una delicadeza casi doméstica. Más tarde Bernardo Parrilla, alternando saxos soprano y alto —incluso tocando los dos a la vez en algún momento—, flauta, y hasta piano en una de las canciones; cada instrumento, una forma distinta de recordar. La última en aparecer fue Lola. Y entonces entendimos que aquello no era exactamente un concierto. Era una parte de algo mayor.
“La fiesta desde fuera” tiene tres vidas: una obra de teatro —representada apenas dos veces en el Teatro Central con lleno absoluto—, un libro de poemas publicado por Ediciones en Huida, que anoche me traje cariñosamente dedicado por su autora, y este concierto. Tres maneras de rodear la misma memoria. Resulta que al principio esta obra —que como ya habréis intuido, se llama “La fiesta desde fuera”— iba a ser un concierto de boleros de Antonio Machín. Un homenaje sencillo a la música que sonaba en casa cuando su padre trajo de Ceuta un radiocasete que vomitaba canciones a todas horas. Allí se habían conocido sus padres, bailando en un concierto del cantante. Ahora los dos han muerto. Y Machín también. Ahí empieza realmente la historia.
Pero los recuerdos son territorios minados y mientras Lola caminaba entre los boleros y sus ausencias, empezaron a estallar preguntas, poemas, canciones… el proyecto cambió de forma hasta convertirse en un viaje íntimo sobre la orfandad, la identidad, el tiempo. En el escenario, la música de Cordelia excavaba en todo esto con cuidado. Las canciones, muchas de ellas con las letras contenidas también en el poemario, iban apareciendo: “Gorriona”, “Huérfana”, “Empty”, “My mother is a fish”, “Fandango para mi padre”, “La fiesta desde fuera”… aquí son solo una sucesión de títulos, en la voz de Lola eran estados del alma. En muchos momentos, mientras la música acompañaba despacio, las palabras abrían grietas… “Mamá, con el traje de gitana no pegan las gafas porque me tapan los rabillos”… “Aprendo a escribir desde lo roto, una niña torpe que estropea cuadernos”… “Tengo que decir adiós y no puedo”… “Ahí viene mi padre de vuelta del trabajo, grasa en los puños, dignidad en los pasos”…
“Habito una distancia donde miro la fiesta desde fuera”… y todos la escuchábamos como si fuésemos sus confesores. O incluso como si estuviéramos recordando algo que también nos había pasado a nosotros; Luisa, que me acompañaba anoche, lloraba recordando a su padre arreglando un enchufe y se reía recordando la camiseta blanca debajo del traje de flamenca de croché…
Hay algo en los espectáculos donde conviven la música y la palabra —un territorio como de spoken word donde el relato avanza a saltos—en los que el público deja de asistir a un concierto y empieza a habitar en una historia. Eso ocurrió anoche en Assejazz. A ratos parecía un ensayo de duelo colectivo y a otros ratos una reunión familiar donde alguien por fin se atreve a decir lo que llevaba años rondando. La muerte de sus padres, una apenas antes del confinamiento, el otro algunos años antes, empujó a Lola Botello a leer sobre la muerte, a escuchar relatos de otros, a escribir compulsivamente. Y poco a poco entendió que lo que creía que era un homenaje a su historia familiar estaba convirtiéndose en preguntas sobre sí misma: ¿quién soy ahora?, ¿quién era cuando ellos vivían?, ¿dónde están?, ¿me escuchan cuando les hablo? Mientras la banda construía un paisaje sonoro delicado, a veces jazz, a veces canción íntima, a veces swing, a veces algo que parecía memoria pura, aparecía también la niña. La niña con gafas… “siete años, un par de gafas y un parche de plástico para curarme el estrabismo me hicieron ver para siempre la fiesta desde fuera”. En ese momento parecía que la infancia entera entraba en la sala y se sentaba entre nosotros. Y de repente todo el espectáculo adquirió sentido con esa mirada ligeramente desplazada, que parecía que observaba la vida a través de un cristal que no separa del todo, pero obliga a mirar con más detalle. El concierto entero en realidad fue la manera de volver a encontrarla en mitad de la música. Quizá por eso este concierto no intentó estar en el centro de la fiesta; prefirió ese otro lugar desde el que se veía mejor el baile de los padres al son de Machín, se escuchaban los ecos de los discos antiguos y se entendía que el duelo también puede ser una forma de música que no termina cuando se acaba la canción.
En algún punto de la noche, cuando los instrumentos ya se conocían entre sí y la voz de Lola caminaba con ellos, tuve la sensación de que Cordelia estaba reconstruyendo una casa hecha de sonidos, recuerdos y preguntas sin respuesta. Porque en la obra, como decía su autora, empezó queriendo honrar la memoria de sus padres y la música que los unía, y terminó escribiendo sobre alguien vivo. Sobre ese alguien que queda cuando ellos ya no están y mira ahora el mundo desde la atalaya donde las gafas observan y ven pasar la vida con una claridad un poco dolorosa y un poco hermosa. Y entonces el título deja de ser una metáfora para volverse una posición en la vida. La fiesta sigue dentro; la música también; pero Lola la mira desde fuera para entenderla mejor. Y nosotros, con ella, miramos desde el mismo sitio.
Cuando el concierto terminó nos quedó la sensación de haber asistido a algo raro y hermoso, una ceremonia donde la música, la poesía y un poco de teatro se mezclaron para decir una cosa muy antigua: que los muertos no se van del todo. Que las canciones saben el camino de vuelta. Que hay melodías que funcionan como llaves. Y que a veces, para volver a entrar en la fiesta, primero hay que aprender a mirarla desde fuera. Y esperar a que alguien, desde dentro, vuelva a abrir la puerta. Quizá por eso nadie se levantó demasiado deprisa cuando terminó el concierto, porque todavía estábamos dentro de esa casa que la música había reconstruido para nosotros." 27 de marzo de 2026